Apoteosis de la naturaleza, donde las ruinas jesuíticas
misioneras, declaradas por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad,
son el vivo testimonio de la fecunda obra de la Compañía
de Jesús.
Cuyo -“país de los desiertos” en lengua indígena-
es la región de las altas cumbres, los volcanes nevados y
las vastas travesías que se extienden desde los Andes y las
serranías precordilleranas hasta la llanura esteparia. Su
luna de miel en Argentina se convertirá entonces en un verdadero
viaje a la era de los dinosaurios es la visita a los Parques Naturales
Ischigualasto - Talampaya (Patrimonio Natural de la Humanidad).
Ischigualasto, también llamado “Valle de la Luna”
por las sorprendentes formas y colores de su paisaje tallado por
la erosión, es uno de los yacimientos paleontológicos
más importantes del mundo. El cañón del río
Talampaya asombra con los pliegues multiformes de sus altos y rojizos
paredones. Flamencos rosados, patos cordilleranos, vicuñas
y guanacos conviven libremente en parques y reservas naturales,
bajo el sigiloso vuelo de los cóndores. La región
muestra a los Andes Centrales en todo su esplendor: el cerro Aconcagua
(6.959 m), la máxima altura del hemisferio occidental. Un
frío manto blanco cubre las increíbles pendientes
cordilleranas que disfrutan esquiadores de todas las latitudes.
En los valles de La Rioja, Mendoza y San Juan, entre hojas de parra,
fincas y bodegas, se puede seguir la ruta del vino, un elixir que
ha logrado el reconocimiento internacional.
Su luna de miel debe incluir también una visita a la zona
Centro, la llanura pampeana, una de las zonas más ricas de
la Argentina y que ofrece la magia de un vasto espacio de lejanos
horizontes. Es la tierra de los gauchos, hombres de a caballo, y
de las tradiciones. Las estancias de la Pampa argentina se destacan
por su variada arquitectura. Fueron construidas siguiendo estilos
tan disímiles como el colonial hispano-americano, el Tudor
inglés o el clásico francés. Muchas de ellas
fueron adaptadas para servir como alojamiento para el turismo.
Hacia el noroeste de esta llanura surgen las sierras de Córdoba.
Alcanzan los 2.790 metros de altura en el cerro Champaquí.
Sus valles fértiles, sus desiertos y salinas otorgan al conjunto
una especial atracción. Dispersas siguiendo el camino hacia
el norte, van apareciendo las capillas y estancias -del siglo XVII
y XVIII- construcciones muchas de ellas legadas por los Jesuitas.
Y finalmente, como broche de oro para su luna de miel en Argentina:
La Patagonia.
La cordillera de los Andes exhibe su grandeza en las provincias
patagónicas. Bosques milenarios y silenciosos con especies
vegetales autóctonas se extienden a orillas de los espejos
de agua. En las cumbres de las montañas, la naturaleza se
desborda en picos de granito y campos de hielo que derraman sus
lenguas glaciares en lagos de belleza inigualable.
Imponentes mamíferos y aves marinas viven algunas temporadas
en las agrestes costas patagónicas donde cumplen parte de
su ciclo vital. Colonias de lobos marinos juguetean en islotes y
restingas. Los elefantes marinos del sur tienen en Península
Valdés el más importante apostadero continental del
mundo, lugar mágico al que acuden puntualmente las ballenas
francas australes a procrearse (golfos Nuevo y San José).
Maras, ñandúes y guanacos corretean por estepas y
en Punta Tombo anida la mayor colonia de pingüinos magallánicos
del planeta. La atónita mirada del visitante contempla esta
cadencia que se repite desde tiempos inmemorables.
Y al sur, la Tierra del Fuego y la ciudad más austral del
mundo, Ushuaia, una puerta abierta hacia la inmensa y misteriosa
Antártida.
Luna de miel en Argentina… una puerta hacia el Nuevo Mundo
que soñaron tantos inmigrantes, una huella imborrable en
sus memorias.
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